miércoles, 16 de marzo de 2016

FORT BOYARD

EL FORT BOYARD EN FRANCIA
De fortaleza militar a plató de televisión



Situado a medio camino entre las islas de Aix y de Oléron, el Fuerte Boyard fue creado para proteger el canal que separaba las islas de Aix y Oléron y, antes de todo, para impedir las incursiones inglesas en el arsenal militar de Rochefort. ​El proyecto de construcción del Fuerte Boyard aparece en el siglo XVII. En 1666, la finalización, por Colbert, del arsenal de Rochefort impone una protección militar a esta zona. Francia sale de 7 años de guerra contra Inglaterra y la defensa de las costas es primordial.


Aunque  ambas islas contaban con suficientes baterías defensivas, el alcance de sus disparos dejaba una brecha de tres mil metros que permitía el avance de las naves enemigas. Pero debido a las dificultades técnicas, la idea de construir este fuerte será varias veces rechazada.

Habrá que esperar a principios del siglo XIX para que esté de nuevo de actualidad. Oficiales de ingeniería y de la Marina presentan un proyecto a Napoleón Bonaparte en el cual preconizan edificar sobre un banco de arena y de roca "un buque de piedra". Empiezan las obras en 1804. Pero las dificultades son inmensas entre la roca que se hunde, las violentas tormentas y la presencia de enemigos ingleses. Las obras se paran hasta 1809, año en el que vuelven a trabajar, con una base de construcción menos importante. Pero el trabajo será de nuevo interrumpido.

30 años después, bajo el reino de Luis Felipe, la reanudación de las tensiones que oponían Francia e Inglaterra da un nuevo impulso a la construcción del fuerte y entonces se reinician las obras. En 1848, la base es edificada. La construcción del fuerte propiamente dicho va a necesitar más de 10 años y, en 1857, se terminan la plataforma superior y la torre de vigilancia. Pero, para colmo de desgracia la artillería es obsoleta. Desprovista de su función defensiva, el fuerte se convierte en cárcel militar, a finales del segundo Imperio. A principios del siglo XX, abandonado, es víctima de saqueos continuos.

En 1950, es inscrito en el Inventario Suplementario de los Monumentos Históricos. Diez años después, es adquirido por un particular. Luego, pasa a ser propiedad de la Diputación Provincial. Totalmente restaurado, recobra su esplendor antes de ser el decorado de un juego televisivo conocido por todos.


Tras la compra de la fortaleza en 1989 por la productora de Jacques Antoine, el lugar fue rehabilitado para su explotación televisiva. Se construyó una plataforma anexa a la fachada oeste para facilitar el acceso en barco y se reformaron las partes ruinosas. Luego se procedió a instalar los sets en los que tendrían lugar los juegos del concurso, como la pasarela del primer piso o la Sala del Tesoro.
‘Fort Boyard’ es un programa televisivo enmarcado en el género del Game Show (es decir, un concurso de acción) en el que un grupo de cinco concursantes intentarán abrir un cofre del tesoro que contiene el premio en metálico o viajes a través de diversas pruebas a lo largo y ancho del castillo y a contrarreloj.
Allí se han grabado también las ediciones internacionales del concurso llevadas a cabo por cadenas de países como Alemania, Reino Unido, Suecia, Rusia, Grecia o Países Bajos, entre otros.
Dado su actual naturaleza de recito privado que hace las veces de plató televisivo, el Fort Boyard no es visitable por dentro. Sin embargo, existe una empresa de cruceros que realiza paseos alrededor del fuerte  con una duración de hora y cuarto.


martes, 1 de marzo de 2016

CREPES

Normalmente los crepes están hechos de harina de trigo o blanca y son panqueques muy delgados servidos solos, con una cobertura simple o con una variedad de rellenos. Los crepes son un plato nacional en Francia, disfrutados en todo el país. En cualquier ciudad, los vendedores de crepes están por la calle, cada uno vendiendo recetas especiales de su propiedad. Abundan las historias sobre sus orígenes, una cocina hecha leyenda. Incluso se dice que el rey Eduardo VII declaró que comiendo panqueques podría "reformar a un caníbal en un caballero civilizado".



 Orígenes del crepe


   Aunque a ciencia cierta es originaria de Francia, sobre su creación se ha discutido mucho, aunque la tendencia generalizada es admitir que fue un hecho accidental o casual, las referencias más conocidas sugieren que era uno de los platos preferidos del rey Eduardo VII, pero esto se infiere debido a la supuesta vinculación que tuvo en su creación.
    La mayoría de las investigaciones rastrean el origen de los crepes en la región británica (Bretaña) del noroeste francés. Sin embargo, la mayoría de los antropólogos te dirán que para comprender los orígenes de los crepes tienes que comprender la historia del panqueque, a donde todo comenzó. Un crepe, en este caso, es simplemente la palabra francesa para un panqueque muy delgado. El término se originó del latín "crispus", que significa una textura plana y casi crujiente. Originalmente, los franceses se referían a ellos como "galletas crujientes" o tortas planas. Al comienzo, ni siquiera tenían relleno, pero en su lugar eran hechas con harina de manteca de trigo y se servían como un pan. En esa época esta harina de trigo estaba disponible y era accesible, mientras que la harina blanca era un lujo reservado para los aristócratas y la realeza.      En la actualidad, crepe se usa tanto para el panqueque como para el relleno.

Una delicia internacional


   Sin embargo, los crepes no son un invento puramente francés. Las culturas de todo el mundo disfrutan de los panqueques con rellenos sabrosos, algunos de tiempos prehistóricos. Los arqueólogos a menudo coinciden en que se servían varias formas de panqueques como el primer producto cereal que combinaba harina y las proteínas disponibles para formar una comida altamente nutritiva. En la actualidad, se disfrutan varias formas de crepes en todo el mundo, desde Suecia hasta África y por India. Si estás familiarizado con los platos indios, seguramente hayas escuchado de las dos, los panqueques finos hechos con cebollas, hierbas y especias. ¿Qué tal las tortillas en México? También tienes el pannkako sueco, el pfankuchen alemán y el pannekoeken holandés sólo por nombrar algunos.

Un evento nacional


   En Francia, el crepe tiene todo un nuevo significado para los locales. Son el centro de un evento nacional. Marca tu calendario para el 2 de febrero y vuela a Francia a donde encontrarás a los franceses celebrando una fiesta conocida como La Chandeluer. El día se marca en todas las casas realizando crepes y haciendo concursos de crepes. La tradición antigua marca que si sostienes una moneda de oro en tu mano mientras das vuelta un crepe y lo atrapas con la sartén, no tendrás problemas de dinero para el año siguiente. En lugar de monedas de oro, en la actualidad los franceses compran monedas especiales para la ocasión.

Crepes Suzette


   Uno de los platos más famosos que evoluciona de los crepes es el crepe Suzette, hecho con un flameado de salsa de naranja. Esta historia en sí misma es una leyenda. Una historia que ha surgido con los años es que un chef aprendiz de nombre Henri Charpentier, mientras estaba trabajando en el Café de París en Mónaco tuvo la idea en 1895 a los 14 años. Según la memoria del chef, insiste en que incendiar el plato fue un accidente, pero que cuando lo probó fue una "melodía deliciosa". Henri ha realizado el plato para el príncipe de Gales, que luego se convirtió en el rey Eduardo VII. Henri nombró el plato como a una dama joven que acompañaba al príncipe de Gales durante el pedido, cambiándolo del origina crepes de la princesa. Desde entonces, los crepes Suzette se han convertido en uno de los postres más celebrados de Francia y también son famosos en todo el mundo.

Historia


   La historia más difundida sobre el origen de la crêpe suzette cuenta que el Príncipe de Gales, frecuentemente pasaba el invierno en la Costa Azul francesa, en Montecarlo, un día en compañía de un grupo de personas fueron a comer. Mientras el maitre preparaba las crêpes para el postre, se derramó e incendió por descuido el licor de mandarina que había cerca. El asustado maître probó el resultado y tenía buen sabor, por lo que animosamente, las sirvió dobladas dos veces y las presentó como nueva creación; el Príncipe de Gales quedó entusiasmado y aunque el maitre las bautizó como “Crêpe Princesse”, el príncipe decidió que se llamaran en honor de la niña de uno de los acompañantes, cuyo nombre era Suzette.
   Esta historia es la más difundida y aceptada sobre el origen de la crêpe Suzette, la discrepancia radica en quién fue el maitre que se equivocó y dio origen a tan famoso plato. El chef del multimillonario Rockefeller en los Estados Unidos, Henri Charpentier, se atribuyó ser el maitre que se equivoco y creó accidentalmente la crêpe Suzette en 1896; esto ha sido refutado por muchos, inclusive la respetable publicación “Larousse Gastronomique” da serias dudas a la autoría de Charpentier, alegando que para esa fecha Charpentier no tenía la edad suficiente (ahora aquella época tendría 16 años) como para ser el jefe de la brigada de mesoneros que sirvió al príncipe, lo que sí es un hecho cierto fue que él introdujo en los Estados Unidos la moda por la crépe Suzette.
   Es increíblemente notable que Charpentier defiende su autoría de la crêpe Suzette ya desde la primera página de su libro “Life à La Henri – Being The Memories of Henri Charpentier” publicado originalmente en 1934 por Simon & Schuster, Inc. y republicado en 2001 por The Modern Library, él dice allí que desde los 10 años trabajaba en el Hotel Cap Martin, lugar aparentemente preferido por la nobleza europea “más que sus palacios”, según palabras de Charpentier.
   No es prudente afirmar que Charpentier tiene la paternidad de la crêpe Suzette solo porque él lo haya dicho, y aunque nadie lo haya desmentido, hay razones que aportan peso contra la tesis de Charpentier, dos de ellas son:
  • Auguste Escoffier es el primero en referirse a la receta (pero tampoco se le atribuye la creación) en sus libros y no hace mención de su creador, él usaba jugo de mandarina y Curaçao para aderezar la mezcla de crêpe y mantequilla derretida y azúcar (a la que se agrega el ceste de mandarina)
  • Léon Daudet, en el París vécu (1929), habla de las crêpes llamadas Suzette que alrededor de 1898 era una de las especialidades del Restaurante de Marie (famoso por su oeufs Toupinei y su entrecóte bordelaise), la diferencia es que eran hechas con jamón y sazonadas con brandy “Lo que las mejoraba grandemente” (p.1039, Larousse Gastronomique, en inglés, 1988).
   Otro agravante sería que no existe ninguna confirmación o desmentido por parte del rey Eduardo VII, cuyo silencio parece cómplice ante la incertidumbre.
Hay pocas pruebas para refutar o no el testimonio del chef Charpentier y mientras no se aporten más claves, el interrogante sobre el origen de las crêpes Suzette no será aclarado.


RAMÓN J. SENDER GARCÉS



Ramón J. Sender Garcés (1901 - 1982)



Pocos escritores como Ramón J. Sender Garcés, nacido en Chalamera de Cinca (Huesca) el 3 de febrero de 1901, han hecho perdurar tan bellamente en su memoria y en su obra los lugares de la infancia y de la adolescencia. Como claves de su sentimentalidad y cifras de su existencia, a veces como enclaves mágicos, desfilaron por sus libros (señaladamente en Crónica del alba) los recuerdos natales de Chalamera, los infantiles de Alcolea, Tauste y Alcañiz, o los juveniles de Zaragoza y Huesca.
Tras esa primera juventud en la que se estrenó como periodista novel a través de incursiones en la prensa lugareña (La Crónica de AragónEl Pueblo) y aun nacional (en el fugaz intervalo de su escapada a Madrid: España NuevaEl País…), el servicio militar (1922) supuso para Sender el descubrimiento del Marruecos colonial en guerra, reciente todavía el desastre de Annual (1921). Vivió y dio cuenta de aquel bochorno, símbolo de las miserias de un país caciquil y atrasado. Las amables crónicas escritas para el periódico oscense La Tierra dieron paso a la indagación en la radicalidad humana y al testimonio acerca de la conducta del hombre ante situaciones absurdas y extremas.
De allí surgieron las inquietudes y las vivencias que lo llevarían de la mano, primero a las colaboraciones en El Telegrama del Rif y la escritura de Una hoguera en la noche, y años más tarde a su novela Imán, en 1930, libro que hoy leemos como uno de los mejores de su tiempo.

Conviene no olvidar que Sender fue, ante todo, un periodista, un reportero, y como tal adquirió su primera nombradía. La logró en el principal de los periódicos de la época, El Sol, fundado en Madrid en noviembre de 1917, y a cuya redacción se sumó en 1924. Desde la capital española ejerció de redactor de notas regionales y de crónicas tan sugestivas como las que hubo de enviar acerca del llamado «crimen de Cuenca», serie que, años después, proporcionaría la trama principal de su novela El lugar del hombre (1939), luego titulada El lugar de un hombre (1958).

Y, a la vez, Sender se aproximó a los círculos intelectuales y políticos enemigos de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. En el Ateneo, en las numerosas tertulias de Madrid, conoció y fue conocido de todo el mundo. E incluso visitó la cárcel como conspirador contra el régimen.

En esta sazón el joven Sender se inclinó por los libertarios y abandonó El Sol para escribir en el diario cenetista Solidaridad Obrera, de Barcelona.




 El éxito de Imán le puso a la cabeza de la nueva «novela social» y durante el primer lustro de la década se sucedieron libros tan importantes como O.P. (1931), Siete domingos rojos (1932) y La noche de las cien cabezas (1934). En enero de 1933, enviado por el periódico La Libertad, escribe un excelente reportaje acerca de la sangrienta represión policial de la insurrección campesina de Casas Viejas. Recoge sus trabajos en Casas Viejas (1933) y Viaje a la aldea del crimen (1934).

Pero también por entonces se acerca a las posiciones políticas comunistas, convencido de la eficacia revolucionaria soviética. Entre el jalón inicial de Imán y la publicación de Mr. Witt en el Cantón (1936), galardonada con el Premio Nacional de Literatura y escrita en apenas un mes, Sender se ha convertido en un ejemplo de «escritor comprometido» y en el autor joven de más porvenir en España, junto con García Lorca, tal como declaró, por el aquel entonces de 1936, Pío Baroja.




Sin embargo, en el verano de 1936 toda España se convirtió en una gran «aldea del crimen». Estalló la guerra civil y Sender ofició de protagonista, no solo de testigo, en esta tragedia nacional. En escasos meses perdió a su mujer, Amparo Barayón, y a su hermano Manuel, antiguo alcalde de Huesca, fusilados ambos por los rebeldes. Escribió por entonces obras de urgencia, como Contraataque (1938), pero también se sintió solo, fugitivo y superviviente, frente al acoso de algunos jerarcas comunistas que recelaban de él. Participó, pese a todo, en muchos actos de propaganda republicana, logró recuperar y evacuar a sus dos hijos, Ramón y Andrea, y tras un tiempo en Francia, decidió expatriarse a América.

Comenzaba un largo exilio en el que la soledad, la culpa y la conciencia de ser acusado de algo que ignoraba convirtieron a Sender en Federico Saila, el enigmático protagonista de Proverbio de la muerte (1939), que más adelante se titularía La esfera (1947) en una nueva versión ampliada. La distancia, la necesidad de la memoria, la reflexión sobre el pasado cercano, la obsesión por la violencia, propiciaron la invención de novelas fundamentales en la literatura española del siglo XX: Epitalamio del prieto Trinidad (1942),Crónica del alba (1942), El rey y la reina (1949), El verdugo afable (1952),Réquiem por un campesino español (el Mosén Millán de 1953 y la versión retitulada en 1960)… Fue español de ambos mundos, el americano de cada día y el español de su recuerdo. 

Sobrevivía como profesor de literatura española al tiempo que maquinaba sus peculiares figuraciones acerca del sentido de la «hombría», de la fuerza de «lo ganglionar» o de la «existencia trascendente», lo que iba tomando la forma de relatos, novelas históricas, relatos cortos, dramas, poemas, ensayos… casi siempre de designio parabólico y universal. Tal es así que Sender es de los autores españoles más propicios para la traducción a otras lenguas del mundo.




En el decenio de los setenta, cuando por fin se publicaban en España (desde 1965) unos libros que fatigaron las prensas en multitud de reediciones, retornó del exilio en dos oportunidades (1974 y 1976). Moriría, sin embargo, en San Diego, California, durante la noche del 15 al 16 de enero de 1982. Sus cenizas fueron dispersadas, unos días después, en el océano Pacífico. Quedan sus libros, una obra extensa con inigualables chispazos intensos, que han convertido a Sender en un clásico de la literatura española del siglo XX.

LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE



Luis de Góngora y Argote


Don Luis de Góngora y Argote nace en Córdoba el 11 de julio de 1561. Va a ser el primogénito de la unión matrimonial de don Francisco de Argote  y doña Leonor de Góngora, padres de otros tres hijos: doña Francisca de Argote, doña María Ponce de León y don Juan de Góngora y Argote. No debe extrañarnos la disparidad de apellidos porque, en el siglo XVI, no existía la canónica fijeza actual. Don Francisco de Argote, progenitor del futuro poeta, quedó relegado en la herencia de un rico mayorazgo, porque era hijo de un segundo matrimonio de padre. De nada sirvió el pleito en que se vio envuelto por la partición de los bienes, siendo todavía un niño, contra su hermanastro don Alonso de Argote. Don Francisco quedó pobre obteniendo sólo una modesta concesión de alimentos que contrastaba vivamente con una asombrosa riqueza espiritual. El padre de Góngora se había licenciado en Salamanca, pretensión que albergaba para su primogénito, y era un gran erudito, poseedor de una importante biblioteca que él valoraba en más de quinientos ducados.


Copia del retrato de D. Luis de Góngora, por Diego de Velázquez. Museo de Bellas Artes, Boston. Óleo sobre lienzo.


Al parecer, su suerte estriba en haber gozado de los favores del secretario de Carlos V, don Francisco de Eraso, a quien el emperador nombrará comendador de Moratalaz y señor de Mohernado, detentando el cargo de notario real y sirviendo de igual modo al heredero Felipe II que había recibido el encargo de su padre de tratarlo como si fuera el legado de otro reino. El secretario Eraso lo distinguió con algunos nombramientos temporales como juez de residencia (con atribuciones de corregidor) en Madrid, Jaén y Andújar. Más tarde, este humilde jurisconsulto desempeñó para la Inquisición, en la ciudad de Córdoba, el cargo de juez de bienes confiscados. La incesante providencia del secretario Eraso hacia el padre y el tío de Góngora, don Francisco, proviene de un confuso episodio acerca de doña Ana de Falces, madre de doña Leonor de Góngora y abuela del poeta. En 1568, a propósito de unas pruebas de limpieza de sangre de don Francisco de Góngora, inexcusables en la época para obtener cargos y privilegios, se aviva el rumor extendido durante setenta y cinco años de que doña Ana había sido hija de un sacerdote racionero de la catedral de Córdoba, bulo que amargó la infancia del poeta y lo persiguió durante toda su vida, porque lo probado es que el tal clérigo era hermano de doña Isabel que vivía con él, viuda de Hernando de Cañizares, según testamento de la bisabuela de Góngora, aunque Ana fuera fruto extramatrimonial de doña Isabel con Alonso de Hermosa, capitán muerto en la guerra de Granada y pariente próximo (hermano de abuelo o abuela) de don Francisco de Eraso, lo que explicaría la protección del poderoso secretario a la familia de los Góngora.
Es bastante seguro que Luis de Góngora naciera en casa de su tío el racionero don Francisco de Góngora, cerca de la catedral, en el lugar que ocupa el hoy número 9 de la calle de Tomás Conde (anteriormente conocida con el nombre «de las Pavas»), quien disfrutaba, por un lado de sus beneficios eclesiásticos y, por otro, de los bienes adquiridos por favor o compra. Con todos ellos formó un mayorazgo que legó a don Juan, el hermano menor de don Luis, mucho menos dotado intelectualmente, obteniendo para Luis la dignidad de racionero. No sería muy diferente la niñez de Góngora de la de otros niños de su edad y condición. Algunos entretenimientos infantiles de esta primera época pueden conocerse en el poema «Hermana Marica», uno de sus más famosos romancillos:

Hermana Marica,
mañana que es fiesta
[...]
Iremos a misa,
veremos la iglesia
[...]
Y en la atardecida,
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas.
[...]
Y si quiere madre
dar las castañetas
podrás tanto de ello
bailar en la puerta.
Y al son del adufe
cantará Andrehuela.
[...]
Jugaremos cañas
junto a la plazuela.

Probablemente realizara, entre los años 1570 a 1575, sus primeros estudios en el colegio que dirigían, en Córdoba, los padres de la Compañía de Jesús. Es evidente el respeto que Góngora sentía por sus maestros jesuitas. En el Panegírico al Duque de Lerma, se refiere a ellos como «ganado» de San Francisco de Borja, tío del duque, al que el poeta canta:
Joven después, el nido ilustró mío,
redil ya numeroso del ganado,
que el silbo oyó de su glorioso tío.

El talento natural del joven Góngora, que había sorprendido a Ambrosio de Morales, determinó a su tío Francisco de Góngora a conferirle los beneficios eclesiásticos de la ración catedralicia que lo convertirá en clérigo a la temprana edad de catorce años, sin tener muy en cuenta el grado de su vocación religiosa. Por instancias del generoso tío, don Luis fue enviado a estudiar a Salamanca. Además de su la manutención del estudiante, la familia puso a su disposición un año que no hizo más que sumar gastos a la estancia universitaria, agravado por la falta de interés del joven racionero. Góngora aparece matriculado en Cánones en 1576 y continúa hasta el curso de 1579-1580, entre los estudiantes hijos de familias nobles y pudientes, pero no hay ninguna huella de que obtuviese algún título.
Hasta Pellicer pudieron llegar testimonios fehacientes de la vida que el joven Góngora llevó en Salamanca:
Fue adquiriendo el título de primero entre catorce mil ingenios que se describían o matriculaban en aquella escuela entonces...; obedeciendo a su natural, se dejó arrastrar dulcemente de lo sabroso de la erudición y de lo festivo de las Musas... Con este dulce divertimiento, mal pudo granjear nombre de estudioso ni de estudiante; pero él trocaba gustoso estos títulos al de poeta erudito, el mayor de los de su tiempo, con que comenzó a ser mirado y aclamado con respeto.
En Salamanca se cuajó la vocación literaria de Góngora, quien se convertiría en el poeta más renombrado de su época, recibiendo encarecidos elogios de su paisano Juan Rufo y del mismo Cervantes. Hay que aportar, en su alegato, que conocía el latín y leía el italiano y el portugués, e incluso se atrevió a escribir algún soneto en estas lenguas. Las primeras composiciones del poeta llevan la fecha de 1580. Ciertamente Góngora, desde sus primeros versos, era ya un poeta culto. El esdrújulo italiano, el léxico latinizante, las menciones mitológicas, el indomable hipérbaton y otras cuestiones estilísticas dejan patente este destino literario. Pero igualmente, por estos mismos años, escribía sabrosas composiciones llenas de humor e ingenio, letrillas y romances de tono claramente popular. El Góngora esotérico y el Góngora franco coexistirán sin enfrentarse a lo largo de su vida, marcada asimismo por un constante ejercicio entre su condición de racionero y sus aspiraciones mundanas.
El hecho de que Góngora no manifestara una exultante vocación ministerial no indica que fuera un clérigo reprobable. Tras aceptar la ración legada por su tío don Francisco en la catedral de Córdoba, recibe las primeras órdenes mayores y comienza a ocupar diferentes cargos en el Cabildo, lo que indica la confianza que sus compañeros ponen en él ya que, en aquel tiempo, estos puestos se obtenían por votación. Sus desvíos se referían más a la propensión de frecuentar ambientes dudosos que a la frialdad religiosa. Hemos de tener en cuenta que don Luis no era sacerdote en aquel tiempo y la condición clerical era la excusa para cobrar sus rentas. Cuando en 1587 ocupa la sede de Osio don Francisco Pacheco, hombre austero y obispo de criterio riguroso, canónigos y racioneros fueron sometidos a un severo interrogatorio.
A las acusaciones que se le imputan de asistir escasamente al coro, vivir como mozo y andar en cosas ligeras, concurrir a fiestas de toros, tratar representantes de comedias y escribir coplas profanas, don Luis responde con mucha sutileza y no poca ironía, concluyendo que no son suyas todas las letrillas que se le achacan y que prefiere mejor ser condenado por liviano que por hereje, respuesta que, según Artigas, biógrafo del poeta, nos ofrece un clarividente retrato moral de Góngora en sus primeros tiempos de racionero, a los veintiocho años.
En los años sucesivos, Góngora alterna la poesía con sus obligaciones de racionero entre las que se contaban los viajes a comisiones del Cabildo (Palencia, Madrid, Salamanca, Cuenca, Valladolid). Góngora gustaba de estos viajes que lo relacionaban con obispos y personajes nobles, aunque su salud se resintiera considerablemente en ellos. El ambiente de la corte, donde se reunía la pléyade de escritores y el círculo clasista de elegidos, entusiasmaba al racionero que cada vez demoraba más su regreso a Córdoba. En vano pudo resistirse a estas ilusiones cortesanas aunque no le acarrearon más que decepciones y ruina. En 1603, con cuarenta y dos años, regresa a Córdoba. Sólo era par al deseo cortesano, la ardorosa defensa de los suyos que no se perturbó hasta el final de su vida, angustiado como estaba por la enfermedad y las deudas.
Su mayor obsesión será ahora buscarse mecenas que pudieran definitivamente situarlo en el lugar de privilegio que anhelaba, con la obtención de todas las prerrogativas pero tampoco en este sentido lo favorecerá la suerte a pesar de volcar todo su talento poético en la exaltación de las virtudes de sus protectores. Requiere en primer lugar la protección del Marqués de Ayamonte a quien, tras visitar en 1607 en su residencia onubense de Lepe, dedica bellos sonetos. Casi todos los viajes dejarán una impronta precisa en la obra literaria de don Luis de Góngora. El Marqués muere este mismo año, frustrando las ilusiones del poeta. No tuvo éxito su aspiración de acompañar al Conde de Lemos en su nuevo destino como virrey de Nápoles. Los viajes, infructuosos para su empeño, lo van desanimando. En 1609 visita Álava, Pontevedra, Alcalá y Madrid. Por su poesía advertimos que Galicia no le gusta y que cada vez está más hastiado de Madrid.
Pero ciertamente también colaborarían a esta decepción el conocimiento de las insidias de la Corte, promovidas por los poderosos cuyo sentido de la justicia difería de todo noble afán, y la tristeza por las tropelías de los que no podían soportar su superioridad poética reconocida ya en su tiempo, anhelando, aunque no fuera más que por oxigenarse, la paz del campo, la soledad y el silencio, huyendo de la ciudad que lo oprime y decepciona, pero a la vez buscando liberarse de sus obligaciones capitulares para refugiarse en su heredad de Trassierra y entregarse allí a un quehacer poético del que, hasta entonces, no había comprendido su verdadera dimensión.
En Córdoba comienza una febril etapa de escritura, tocada por el ardor culto. En 1611 nombra coadjutor de su ración a un sobrino suyo, lo que le permite una gran libertad y tiempo para acometer sus más grandes empresas literarias. Entre 1612 y 1613 trabaja en sus dos poemas más extensos y ambiciosos, razón de sus preocupaciones más íntimas. En 1613, la existencia de estos poemas son conocidos en Madrid, donde versos del Polifemo serán leídos en algún cenáculo. La controversia estaba servida. Góngora vivía en Córdoba pero no había perdido los deseos de medrar en la corte. Había cumplido los cincuenta y cinco años cuando comenzaba el Panegírico al Duque de Lerma, don Francisco de Sandoval y Rojas, confiando en obtener los favores del aristócrata, primer ministro y valido del rey Felipe III. Su situación económica no era precisamente boyante. Su renta le hubiera permitido vivir holgadamente en Córdoba pero don Luis era dispendioso. No duda en favorecer a sus sobrinos y entre ellos reparte sus cargos eclesiásticos. El gran pagador de estos dispendios es su administrador Cristóbal Heredia a quien esquilmará cuando decide afincarse definitivamente en la Corte, lo que ocurrirá en abril de 1617. Por indicación del Duque de Lerma, Felipe III le concede una capellanía real, para lo que necesitará ordenarse de sacerdote. Las pretensiones de Góngora se desmoronaron cuando tanto Lerma como Rodrigo Calderón, a quien llamaban «valido del valido», perdieron el favor del rey. Góngora se niega a aceptar el final de sus pretensiones ni siquiera cuando pierde la Chantría de Córdoba que, con tanto fervor, había reclamado. Madrid no es Córdoba y las rentas, que en la capital andaluza daban para vivir, resultaban escasas para la Corte, dado el insaciable afán del poeta por el juego y la vida acomodada, términos que él no reconocería frente a sus familiares.
Cuando, en marzo de 1621, Felipe IV sube al trono de España, precipitando la ejecución de Rodrigo Calderón, acaecida en octubre de este mismo año, Góngora busca de inmediato congraciarse con el nuevo favorito: el Conde Duque de Olivares quien no parece acordarse de que don Luis es el autor del Panegírico aunque no le niega totalmente su favor.
La reavivación de los luctuosos hechos sobre la limpieza de sangre de doña Francisca, el asesinato del Conde de Villamediana y la muerte del Conde de Lemos, en 1622, terminaron por desengañar a Góngora aunque continúa en la Corte, confiando en la generosidad del esquivo Olivares, quien promete sin cumplimiento. Las deudas son cada día más intolerables. Tiene que recurrir a la venta de sus objetos personales para subsistir. El Conde Duque sigue dándole largas. Es evidente que su favor es sólo aparente y la situación del poeta resulta insostenible. Ni siquiera la promesa de Olivares de editar las obras del poeta, que andaban de mano en mano, mezcladas con otras de incierta autoría que le imputaban, quedará en frustrada ilusión. En 1626, el poeta, enfermo, incapaz de sostener la pluma, se rinde a la evidencia y al nihilismo.
Tal vez toda la vida del poeta fuera una frustrada búsqueda de la afectividad verdadera. Su aspecto exterior podría no reflejar con exactitud lo que sentía en su interior. Calvo, con el pelo aún oscuro, frente despejada, nariz fina y aguileña, rostro alargado, fuerte entrecejo, la boca hundida, obstinada, marcados pliegues en las comisuras, la barbilla y sobre el bigote; un lunar en la sien derecha. Todo en él indica inteligencia, agudeza, fuerza, precisión, desdén. Tal vez, reitero, el dudoso sentido religioso que se le imputa a Góngora, al que se califica de poco caritativo o misericordioso por su acerada y terne burla contra los hombres y las mujeres, esconda un deseo consciente o no de comunicación afectiva que su carácter, tan vivo a veces y tan huraño otras, había contra su voluntad estrangulado.
Enfermo de esclerosis vascular, causa probable de su amnesia, regresa a Córdoba. Ya no manifiesta la pasión familiar de antaño e incluso se queja del maltrato de sus parientes. Esta situación cambia posteriormente y es bastante seguro que la familia, especialmente su sobrino don Luis, al que había favorecido con la suplencia de su ración en la catedral, viendo cercana la hora de su muerte, conviniera en cuidarlo. Al interesado sobrino cede Góngora todos los derechos sobre su obra aunque no se preocupó nunca por editarlas, enfrascado como estaba en asegurarse su sucesión como racionero propietario en el Cabildo. El poeta muere en Córdoba el 23 de mayo de 1627, tal vez sin asumir conscientemente que acababa de crear un nuevo lenguaje al tratar de transgredir una realidad que lo había llevado en cierto modo a la enajenación y el inconformismo. Pidió ser enterrado, junto a sus padres, en la capilla de San Bartolomé de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba, aunque sus huesos no han podido ser identificados.

La obra de Luis de Góngora


Prosa


Ciento veinticuatro cartas constituyen el Epistolario de Góngora. Tres de ellas aparecen datadas en Córdoba y tienen especial interés literario por estar relacionadas con la divulgación de las Soledades y el Polifemo. Las restantes están escritas en Madrid, dirigidas mayoritariamente a sus interlocutores cordobeses, Cristóbal de Heredia, administrador de sus beneficios eclesiásticos, y Francisco de Corral, gran amigo del poeta. Además del inequívoco valor literario de estas cartas, en ellas están representadas las más vívidas estampas de sucesos de la época, a lo que se suman las vivencias íntimas de don Luis, acuciado siempre por las deudas, los juicios y la decadencia de la edad, lo que no obvia que en ellas se vislumbre un amago de esperanza, entreverado de inagotables vetas de socarronería y sutileza. Todo ello envuelto en giros idiomáticos y frases proverbiales dignos de la más admirable literatura.


Teatro


Dos comedias testificadas: Las firmezas de Isabela (1610, M. Ch.) y el Doctor Carlino, inconclusa (1613, M. Ch.); y otra atribuida: Comedia venatoria. Los valores del teatro de Góngora son líricos y no dramáticos.


Obra Lírica


El gongorismo es la adecuación española a una gran corriente literaria que arranca de Petrarca y se transmite con el petrarquismo, crisol del Renacimiento: esta gran fuerza, creciente desde el siglo XIV, tiene un especial esplendor en la segunda mitad del siglo XVI. Los primeros sonetos del cordobés están impregnados de culto italianismo que, en España, había alcanzado altísima expresión en la poesía del sevillano Fernando de Herrera.
Todos los artificios estilísticos están presentes en la poesía de Góngora desde su fecha más temprana: una enorme abundancia de léxico culto, desorbitado ya por su acumulación, ya por la rareza de su uso; un amontonamiento de citas y alusiones mitológicas, expresadas en ocasiones a modo de perífrasis; tres distintos tipos de dislocación de los diptongos castellanos; varias clases de violento hipérbaton. Pero no hay dos épocas en Góngora. Podemos afirmar que, en algunas de las más temprana composiciones del poeta, se halla la mayor parte de las extravagancias cultistas que se encuentran en las Soledades y semejante dificultad.
Esto no obvia la segunda afirmación de que existen dos manifestaciones del arte de Góngora, acorde a la tradición renacentista de clara duplicidad: por una parte, la huida de la realidad y acercamiento a la belleza como principio absoluto; y por otra, la aproximación a lo humano, a lo universal y lo particular, a lo fluctuante y lo concreto. Y junto a estas dos visiones, una tercera, propia del carácter español, que superpone las dos tendencias, desde La Celestina hasta el Quijote. En Góngora desde 1580, el primer año en que tenemos testimonio de su producción literaria, hasta 1626, año anterior a su muerte, en que escribe sus últimas poesías, se da también sin interrupción ese paralelismo: por un lado, las producciones en que todo es belleza, virtud, riqueza y esplendor; por otro, la versión más onerosa, las gracias más chocarreras, las burlas inmisericordes y la fustigación más inexorable de todas las miserias de la vida.
La verdadera división en la obra de Góngora es longitudinal y no en dos épocas cronológicas: es engañoso creer que la dirección ascendente, representada en los poemas mayores, está saturada de tinieblas; y, en cambio, la descendente (letrillas satíricas, romances y sonetos humorísticos) exenta de artificio. En una y otra, Góngora sigue el mismo procedimiento de transformación irreal de la naturaleza. Pero no sólo Góngora, todo el siglo XVI.


Romances, letrillas


No todos los romances y letrillas son humorísticos, bastantes de estas composiciones son amorosas o cortesanas, algunas de carácter religioso. Las letrillas y romances no humorísticos, exiguos en la producción del poeta, participan del estilo de las composiciones de tono elevado. Los poemas del llamado romancero morisco de Góngora podrían encajarse entre las composiciones más cultas del poeta.
Los temas de las letrillas de Góngora, a veces francamente desvergonzadas, nos remiten a las flaquezas de las mujeres, a las presunciones y falsedades de los galanes, a la ignorancia de los médicos y al poderío y ostentaciones de los advenedizos. Góngora nos muestra un concepto pesimista de la vida, como si en ella no hubiese virtud ni nobleza, sólo egoístas intereses. El mundo que contemplamos a través de las letrillas de Góngora es sórdido y desolador. Pero este carácter desesperanzado es propio del universo barroco en el que también brilla con luz propia el antagonista por excelencia de don Luis, don Francisco de Quevedo.
La obra de Góngora, como autor de letrillas y romances, es muy abundante y va desde 1530 hasta el año antes de su muerte.
Según la edición de Millé, 214 composiciones (entre letrillas y romances) son seguramente suyas. Entre los romances hay que resaltar la Fábula de Píramo y Tisbe, un extenso romance en 508 versos, donde el poeta versifica, inspirado en Ovidio, la trágica historia de estos desdichados amantes. Sin embargo, Góngora convierte un tema trágico en una narración humorística, intercalando en el desarrollo del poema elementos ciertamente burdos y hasta grotescos. Un estilo tan recargado nos incita a pensar que el poeta se burla de sus propios procedimientos estilísticos, lo que no significa que no fuera de su complacencia y hasta que, según el extenso comentario de Salazar Mardones fechado en el siglo XVII, la tuviera entre sus preferidas.
Pudiera ser que Góngora compusiera sus letrillas y textos más populares, por contrarrestar la opinión de sus contemporáneos incapaces de mirar y admirar más allá de sus narices la genialidad del poeta. Atosigado por las críticas, contra las que luchó denodadamente con las armas que le concedió la naturaleza, quiso demostrar que su talento no era espectacular edificio de vocablos o desmesurado vulcanismo léxico de sintaxis ininteligible. Indócil, inconformista, soberbio de su arte, pasa de la luz a la oscuridad, de lo popular a lo culto, de lo chocarrero a lo sublime, de lo lesivo a lo religioso, con la misma férula y el mismo ardor poético.


Sonetos


Góngora emplea idénticas dotes geniales en sus sonetos satíricos y burlescos. Los primeros conocidos están datados entre 1588 y 1589, referidos a extremos geográficos: ciudades, ríos, etc., porque cualquier asunto le servía para expresarse jocosamente bajo la forma rígida del soneto. No podemos olvidar sus ataques literarios contra Lope, Quevedo, Jáuregui y todos los que censuraron las Soledades y el Polifemo. Son sobradamente conocidos los dirigidos contra personas concretas, nombradas explícitamente o enmascaradas bajo la retórica. Algunos de estos sonetos, a veces insolentes y malintencionados, no fueron incluidos en el manuscrito Chacón. Sus límites son imprecisos, y confusa la atribución a Góngora. Millé incluye en su edición 167 sonetos de segura autoría; pero de los 53 atribuidos, la mayor parte puede considerarse escrita por el autor.
Según el manuscrito Chacón, los primeros sonetos de Góngora están fechados en 1532. Se trata de sonetos amorosos con clara imitación italianizante: el léxico, la suntuosidad, el colorismo, el idealismo estético, el mundo perfecto que sugieren, proceden de Italia. Pero hasta el pesimismo, elevado a capital potencia en Góngora, sugiere la influencia de Bernardo Tasso.
A partir de 1586, coincidiendo con la nueva temática de Góngora, este impulso italiano cede para dar paso a la gravedad de los sonetos dedicados a la muerte. La luz se convierte en sombra. La juventud deja paso a la enfermedad y la zozobra. El cristal luciente se torna fúnebre ceniza. Y en este estado de decadencia nacen algunos de sus más arrebatados sonetos.


Canciones y otras composiciones de arte mayor


En 1580, fechamos la primera canción de Góngora. El italianismo y Herrera marcan indefectiblemente estas canciones, sobre todo las de inspiración nacional: «De la Armada que fue a Inglaterra» (1588), «En una fiesta que se hizo en Sevilla a San Hermenegildo», más patriótica que religiosa (1590), y la «De la toma de Larache» (1612). El italianismo es patente en una serie de canciones amorosas que compone el poeta alrededor de 1600. A partir de 1605 predominan las canciones cortesanas, dedicadas a reyes y grandes señores. En octavas reales escribirá: «Al favor que San Ildefonso recibió de Nuestra Señora» (1615); y «De San Francisco de Borja. Para el certamen poético de las fiestas de su beatificación» (1624).


Los poemas mayores


El Polifemo, las Soledades y el Panegírico al Duque de Lerma son los tres poemas centrales del gongorismo. Un triángulo con tres vértices: El Polifemo mira hacia la antigüedad grecolatina; las Soledades, hacia la belleza natural y la expresión del sentimiento amoroso; el Panegírico corresponde a la poesía cortesana y suntuaria.
·         Fábula de Polifemo y Galatea
En 1612, Góngora da por terminada la redacción de su Fábula de Polifemo y Galatea, donde se narra la trágica pasión del cíclope Polifemo por la ninfa Galatea, enamorada a su vez del bello pastor Acis. El tema, deudor de la versión que Ovidio introduce en sus Metamorfosis, había inspirado a numerosos poetas antiguos y modernos, aunque con Góngora alcanza una dimensión desconocida.
La fábula, dedicada al Conde de Niebla, nos transmite una lección moral: Polifemo que podría haber sido redimido por amor llega al embrutecimiento a causa del desengaño amoroso, perdiendo así la dignidad moral y humana que, por amor, había ido adquiriendo.
·         Soledades
Dedicado al Duque de Béjar, este poema podría considerarse la obra central de Góngora y la más característica del gongorismo. Tanto la Soledad Primera como la Fábula de Polifemo y Galatea eran conocidas en 1613. En el mundo literario, unos admiraban el estilo de estos poemas y otros los criticaban escandalizados. Las Soledades, que iban a ser cuatro, no pasaron de dos, quedando además inconclusa la Segunda. 1091 versos componen la Primera; la Segunda quedó interrumpida en el verso 979. La obra, escrita en silvas, se dividiría en cuatro partes. Pellicer indica que Góngora pretendía simbolizar las cuatro edades del hombre: juventud, adolescencia, virilidad y senectud. Díaz de Rivas establece otro concepto organizativo: Soledad de los campos, Soledad de las riberas, Soledad de las selvas y Soledad del yermo. Angulo y Pulgar, en sus Epístolas Satisfactorias, de 1633, copia, fundiéndolas, estas dos opiniones. Las Soledades nos presentan el relato de un joven que, desdeñado por la mujer que ama, arriba, náufrago, a la costa, y es acogido por los pobladores. En definitiva, una alabanza a la vida natural, con el consiguiente menosprecio de la corte, envuelta en la más exacerbada demostración de intuición creadora.
·         El Panegírico al Duque de Lerma
El Panegírico es un poema inconcluso (632 versos, en 79 octavas reales) fechado, según el Manuscrito Chacón, en 1617. Relata la biografía del Duque (a la que precede una introducción de tres estrofas donde se invoca a la Musa creadora), primero en lo estrictamente personal y progresivamente en lo público. Góngora deja de escribirlo en 1609, a raíz de la caída del Duque. Lo cierto es que los hechos de la política española no eran temas especialmente proclives a la inspiración del poeta. Aunque la poesía de Góngora mantiene siempre una digna altura poética, el Panegírico resulta una obra cortesana, desmayada y fría, donde el poeta vertió su inteligencia pero no su corazón.