Luis de Góngora y Argote
Don Luis de Góngora y Argote nace en Córdoba el
11 de julio de 1561. Va a ser el primogénito de la unión matrimonial de don
Francisco de Argote y doña Leonor de
Góngora, padres de otros tres hijos: doña Francisca de Argote, doña María Ponce
de León y don Juan de Góngora y Argote. No debe extrañarnos la disparidad de
apellidos porque, en el siglo XVI, no existía la
canónica fijeza actual. Don Francisco de Argote, progenitor del futuro poeta,
quedó relegado en la herencia de un rico mayorazgo, porque era hijo de un
segundo matrimonio de padre. De nada sirvió el pleito en que se vio envuelto
por la partición de los bienes, siendo todavía un niño, contra su hermanastro
don Alonso de Argote. Don Francisco quedó pobre obteniendo sólo una modesta
concesión de alimentos que contrastaba vivamente con una asombrosa riqueza
espiritual. El padre de Góngora se había licenciado en Salamanca, pretensión
que albergaba para su primogénito, y era un gran erudito, poseedor de una
importante biblioteca que él valoraba en más de quinientos ducados.

Copia del retrato de D. Luis de Góngora, por Diego de
Velázquez. Museo de Bellas Artes, Boston. Óleo sobre lienzo.
Al parecer, su suerte estriba en haber gozado de los
favores del secretario de Carlos V,
don Francisco de Eraso, a quien el emperador nombrará comendador de Moratalaz y
señor de Mohernado, detentando el cargo de notario real y sirviendo de igual
modo al heredero Felipe II que
había recibido el encargo de su padre de tratarlo como si fuera el legado de
otro reino. El secretario Eraso lo distinguió con algunos nombramientos
temporales como juez de residencia (con atribuciones de corregidor) en Madrid,
Jaén y Andújar. Más tarde, este humilde jurisconsulto desempeñó para la
Inquisición, en la ciudad de Córdoba, el cargo de juez de bienes confiscados.
La incesante providencia del secretario Eraso hacia el padre y el tío de
Góngora, don Francisco, proviene de un confuso episodio acerca de doña Ana de
Falces, madre de doña Leonor de Góngora y abuela del poeta. En 1568, a
propósito de unas pruebas de limpieza de sangre de don Francisco de Góngora,
inexcusables en la época para obtener cargos y privilegios, se aviva el rumor
extendido durante setenta y cinco años de que doña Ana había sido hija de un
sacerdote racionero de la catedral de Córdoba, bulo que amargó la infancia del
poeta y lo persiguió durante toda su vida, porque lo probado es que el tal
clérigo era hermano de doña Isabel que vivía con él, viuda de Hernando de
Cañizares, según testamento de la bisabuela de Góngora, aunque Ana fuera fruto
extramatrimonial de doña Isabel con Alonso de Hermosa, capitán muerto en la guerra
de Granada y pariente próximo (hermano de abuelo o abuela) de don Francisco de
Eraso, lo que explicaría la protección del poderoso secretario a la familia de
los Góngora.
Es bastante seguro que Luis de Góngora naciera en casa de
su tío el racionero don Francisco de Góngora, cerca de la catedral, en el lugar
que ocupa el hoy número 9 de la calle de Tomás Conde (anteriormente conocida
con el nombre «de las Pavas»), quien disfrutaba, por un lado de sus beneficios
eclesiásticos y, por otro, de los bienes adquiridos por favor o compra. Con
todos ellos formó un mayorazgo que legó a don Juan, el hermano menor de don
Luis, mucho menos dotado intelectualmente, obteniendo para Luis la dignidad de
racionero. No sería muy diferente la niñez de Góngora de la de otros niños de
su edad y condición. Algunos entretenimientos infantiles de esta primera época
pueden conocerse en el poema «Hermana Marica», uno de sus más famosos
romancillos:
Hermana
Marica,
mañana que es fiesta
[...]
Iremos a misa,
veremos la iglesia
[...]
Y en la atardecida,
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas.
[...]
Y si quiere madre
dar las castañetas
podrás tanto de ello
bailar en la puerta.
Y al son del adufe
cantará Andrehuela.
[...]
Jugaremos cañas
junto a la plazuela.
Probablemente realizara, entre los años 1570 a 1575, sus
primeros estudios en el colegio que dirigían, en Córdoba, los padres de la
Compañía de Jesús. Es evidente el respeto que Góngora sentía por sus maestros
jesuitas. En el Panegírico al
Duque de Lerma, se refiere a ellos como «ganado» de San
Francisco de Borja, tío del duque, al que el poeta canta:
Joven
después, el nido ilustró mío,
redil ya numeroso del ganado,
que el silbo oyó de su glorioso tío.
El talento natural del joven Góngora, que había sorprendido
a Ambrosio de Morales, determinó a su tío Francisco de Góngora a conferirle los
beneficios eclesiásticos de la ración catedralicia que lo convertirá en clérigo
a la temprana edad de catorce años, sin tener muy en cuenta el grado de su
vocación religiosa. Por instancias del generoso tío, don Luis fue enviado a
estudiar a Salamanca. Además de su la manutención del estudiante, la familia
puso a su disposición un año que no hizo más que sumar gastos a la estancia
universitaria, agravado por la falta de interés del joven racionero. Góngora
aparece matriculado en Cánones en 1576 y continúa hasta el curso de 1579-1580,
entre los estudiantes hijos de familias nobles y pudientes, pero no hay ninguna
huella de que obtuviese algún título.
Hasta Pellicer pudieron llegar testimonios fehacientes de
la vida que el joven Góngora llevó en Salamanca:
Fue adquiriendo el título de primero entre catorce mil
ingenios que se describían o matriculaban en aquella escuela entonces...;
obedeciendo a su natural, se dejó arrastrar dulcemente de lo sabroso de la
erudición y de lo festivo de las Musas... Con este dulce divertimiento, mal
pudo granjear nombre de estudioso ni de estudiante; pero él trocaba gustoso
estos títulos al de poeta erudito, el mayor de los de su tiempo, con que
comenzó a ser mirado y aclamado con respeto.
En Salamanca se cuajó la vocación literaria de Góngora,
quien se convertiría en el poeta más renombrado de su época, recibiendo
encarecidos elogios de su paisano Juan Rufo y del mismo Cervantes. Hay que aportar,
en su alegato, que conocía el latín y leía el italiano y el portugués, e
incluso se atrevió a escribir algún soneto en estas lenguas. Las primeras
composiciones del poeta llevan la fecha de 1580. Ciertamente Góngora, desde sus
primeros versos, era ya un poeta culto. El esdrújulo italiano, el léxico
latinizante, las menciones mitológicas, el indomable hipérbaton y otras
cuestiones estilísticas dejan patente este destino literario. Pero igualmente,
por estos mismos años, escribía sabrosas composiciones llenas de humor e
ingenio, letrillas y romances de tono claramente popular. El Góngora esotérico
y el Góngora franco coexistirán sin enfrentarse a lo largo de su vida, marcada
asimismo por un constante ejercicio entre su condición de racionero y sus aspiraciones
mundanas.
El hecho de que Góngora no manifestara una exultante
vocación ministerial no indica que fuera un clérigo reprobable. Tras aceptar la
ración legada por su tío don Francisco en la catedral de Córdoba, recibe las
primeras órdenes mayores y comienza a ocupar diferentes cargos en el Cabildo,
lo que indica la confianza que sus compañeros ponen en él ya que, en aquel
tiempo, estos puestos se obtenían por votación. Sus desvíos se referían más a
la propensión de frecuentar ambientes dudosos que a la frialdad religiosa.
Hemos de tener en cuenta que don Luis no era sacerdote en aquel tiempo y la
condición clerical era la excusa para cobrar sus rentas. Cuando en 1587 ocupa
la sede de Osio don Francisco Pacheco, hombre austero y obispo de criterio riguroso,
canónigos y racioneros fueron sometidos a un severo interrogatorio.
A las acusaciones que se le imputan de asistir escasamente
al coro, vivir como mozo y andar en cosas ligeras, concurrir a fiestas de
toros, tratar representantes de comedias y escribir coplas profanas, don Luis
responde con mucha sutileza y no poca ironía, concluyendo que no son suyas
todas las letrillas que se le achacan y que prefiere mejor ser condenado por
liviano que por hereje, respuesta que, según Artigas, biógrafo del poeta, nos
ofrece un clarividente retrato moral de Góngora en sus primeros tiempos de
racionero, a los veintiocho años.
En los años sucesivos, Góngora alterna la poesía con sus
obligaciones de racionero entre las que se contaban los viajes a comisiones del
Cabildo (Palencia, Madrid, Salamanca, Cuenca, Valladolid). Góngora gustaba de
estos viajes que lo relacionaban con obispos y personajes nobles, aunque su
salud se resintiera considerablemente en ellos. El ambiente de la corte, donde
se reunía la pléyade de escritores y el círculo clasista de elegidos,
entusiasmaba al racionero que cada vez demoraba más su regreso a Córdoba. En
vano pudo resistirse a estas ilusiones cortesanas aunque no le acarrearon más
que decepciones y ruina. En 1603, con cuarenta y dos años, regresa a Córdoba.
Sólo era par al deseo cortesano, la ardorosa defensa de los suyos que no se
perturbó hasta el final de su vida, angustiado como estaba por la enfermedad y
las deudas.
Su mayor obsesión será ahora buscarse mecenas que pudieran
definitivamente situarlo en el lugar de privilegio que anhelaba, con la
obtención de todas las prerrogativas pero tampoco en este sentido lo favorecerá
la suerte a pesar de volcar todo su talento poético en la exaltación de las
virtudes de sus protectores. Requiere en primer lugar la protección del Marqués
de Ayamonte a quien, tras visitar en 1607 en su residencia onubense de Lepe,
dedica bellos sonetos. Casi todos los viajes dejarán una impronta precisa en la
obra literaria de don Luis de Góngora. El Marqués muere este mismo año,
frustrando las ilusiones del poeta. No tuvo éxito su aspiración de acompañar al
Conde de Lemos en su nuevo destino como virrey de Nápoles. Los viajes,
infructuosos para su empeño, lo van desanimando. En 1609 visita Álava,
Pontevedra, Alcalá y Madrid. Por su poesía advertimos que Galicia no le gusta y
que cada vez está más hastiado de Madrid.
Pero ciertamente también colaborarían a esta decepción el
conocimiento de las insidias de la Corte, promovidas por los poderosos cuyo
sentido de la justicia difería de todo noble afán, y la tristeza por las
tropelías de los que no podían soportar su superioridad poética reconocida ya
en su tiempo, anhelando, aunque no fuera más que por oxigenarse, la paz del
campo, la soledad y el silencio, huyendo de la ciudad que lo oprime y
decepciona, pero a la vez buscando liberarse de sus obligaciones capitulares
para refugiarse en su heredad de Trassierra y entregarse allí a un quehacer
poético del que, hasta entonces, no había comprendido su verdadera dimensión.
En Córdoba comienza una febril etapa de escritura, tocada
por el ardor culto. En 1611 nombra coadjutor de su ración a un sobrino suyo, lo
que le permite una gran libertad y tiempo para acometer sus más grandes
empresas literarias. Entre 1612 y 1613 trabaja en sus dos poemas más extensos y
ambiciosos, razón de sus preocupaciones más íntimas. En 1613, la existencia de
estos poemas son conocidos en Madrid, donde versos del Polifemo serán leídos en
algún cenáculo. La controversia estaba servida. Góngora vivía en Córdoba pero
no había perdido los deseos de medrar en la corte. Había cumplido los cincuenta
y cinco años cuando comenzaba el Panegírico al Duque de Lerma, don Francisco de
Sandoval y Rojas, confiando en obtener los favores del aristócrata, primer
ministro y valido del rey Felipe III.
Su situación económica no era precisamente boyante. Su renta le hubiera
permitido vivir holgadamente en Córdoba pero don Luis era dispendioso. No duda
en favorecer a sus sobrinos y entre ellos reparte sus cargos eclesiásticos. El
gran pagador de estos dispendios es su administrador Cristóbal Heredia a quien
esquilmará cuando decide afincarse definitivamente en la Corte, lo que ocurrirá
en abril de 1617. Por indicación del Duque de Lerma, Felipe III le concede una
capellanía real, para lo que necesitará ordenarse de sacerdote. Las
pretensiones de Góngora se desmoronaron cuando tanto Lerma como Rodrigo
Calderón, a quien llamaban «valido
del valido», perdieron el favor del rey. Góngora se niega a aceptar el final de
sus pretensiones ni siquiera cuando pierde la Chantría de Córdoba que, con
tanto fervor, había reclamado. Madrid no es Córdoba y las rentas, que en la
capital andaluza daban para vivir, resultaban escasas para la Corte, dado el
insaciable afán del poeta por el juego y la vida acomodada, términos que él no
reconocería frente a sus familiares.
Cuando, en marzo de 1621, Felipe IV sube
al trono de España, precipitando la ejecución de Rodrigo Calderón, acaecida en
octubre de este mismo año, Góngora busca de inmediato congraciarse con el nuevo
favorito: el Conde Duque de Olivares quien no parece acordarse de que don Luis
es el autor del Panegírico aunque no le niega totalmente su
favor.
La reavivación de los luctuosos hechos sobre la limpieza
de sangre de doña Francisca, el asesinato del Conde de Villamediana y la muerte
del Conde de Lemos, en 1622, terminaron por desengañar a Góngora aunque
continúa en la Corte, confiando en la generosidad del esquivo Olivares, quien
promete sin cumplimiento. Las deudas son cada día más intolerables. Tiene que
recurrir a la venta de sus objetos personales para subsistir. El Conde Duque
sigue dándole largas. Es evidente que su favor es sólo aparente y la situación
del poeta resulta insostenible. Ni siquiera la promesa de Olivares de editar
las obras del poeta, que andaban de mano en mano, mezcladas con otras de
incierta autoría que le imputaban, quedará en frustrada ilusión. En 1626, el
poeta, enfermo, incapaz de sostener la pluma, se rinde a la evidencia y al
nihilismo.
Tal vez toda la vida del poeta fuera una frustrada
búsqueda de la afectividad verdadera. Su aspecto exterior podría no reflejar
con exactitud lo que sentía en su interior. Calvo, con el pelo aún oscuro,
frente despejada, nariz fina y aguileña, rostro alargado, fuerte entrecejo, la
boca hundida, obstinada, marcados pliegues en las comisuras, la barbilla y
sobre el bigote; un lunar en la sien derecha. Todo en él indica inteligencia,
agudeza, fuerza, precisión, desdén. Tal vez, reitero, el dudoso sentido
religioso que se le imputa a Góngora, al que se califica de poco caritativo o
misericordioso por su acerada y terne burla contra los hombres y las mujeres,
esconda un deseo consciente o no de comunicación afectiva que su carácter, tan
vivo a veces y tan huraño otras, había contra su voluntad estrangulado.
Enfermo de esclerosis vascular, causa probable de su
amnesia, regresa a Córdoba. Ya no manifiesta la pasión familiar de antaño e
incluso se queja del maltrato de sus parientes. Esta situación cambia
posteriormente y es bastante seguro que la familia, especialmente su sobrino
don Luis, al que había favorecido con la suplencia de su ración en la catedral,
viendo cercana la hora de su muerte, conviniera en cuidarlo. Al interesado
sobrino cede Góngora todos los derechos sobre su obra aunque no se preocupó
nunca por editarlas, enfrascado como estaba en asegurarse su sucesión como
racionero propietario en el Cabildo. El poeta muere en Córdoba el 23 de mayo de
1627, tal vez sin asumir conscientemente que acababa de crear un nuevo lenguaje
al tratar de transgredir una realidad que lo había llevado en cierto modo a la
enajenación y el inconformismo. Pidió ser enterrado, junto a sus padres, en la
capilla de San Bartolomé de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba, aunque sus
huesos no han podido ser identificados.
La obra
de Luis de Góngora
Prosa
Ciento veinticuatro cartas constituyen el Epistolario de Góngora. Tres de ellas aparecen
datadas en Córdoba y tienen especial interés literario por estar relacionadas
con la divulgación de las Soledades y el Polifemo.
Las restantes están escritas en Madrid, dirigidas mayoritariamente a sus
interlocutores cordobeses, Cristóbal de Heredia, administrador de sus
beneficios eclesiásticos, y Francisco de Corral, gran amigo del poeta. Además
del inequívoco valor literario de estas cartas, en ellas están representadas
las más vívidas estampas de sucesos de la época, a lo que se suman las
vivencias íntimas de don Luis, acuciado siempre por las deudas, los juicios y
la decadencia de la edad, lo que no obvia que en ellas se vislumbre un amago de
esperanza, entreverado de inagotables vetas de socarronería y sutileza. Todo
ello envuelto en giros idiomáticos y frases proverbiales dignos de la más
admirable literatura.
Teatro
Dos comedias testificadas: Las firmezas de Isabela (1610, M. Ch.) y el Doctor Carlino, inconclusa (1613, M. Ch.); y otra atribuida: Comedia venatoria. Los valores del
teatro de Góngora son líricos y no dramáticos.
Obra Lírica
El gongorismo es la adecuación española a una gran
corriente literaria que arranca de Petrarca y se transmite con el petrarquismo,
crisol del Renacimiento: esta gran fuerza, creciente desde el siglo XIV, tiene un especial esplendor en la
segunda mitad del siglo XVI. Los
primeros sonetos del cordobés están impregnados de culto italianismo que, en
España, había alcanzado altísima expresión en la poesía del sevillano Fernando
de Herrera.
Todos los artificios estilísticos están presentes en la
poesía de Góngora desde su fecha más temprana: una enorme abundancia de léxico
culto, desorbitado ya por su acumulación, ya por la rareza de su uso; un
amontonamiento de citas y alusiones mitológicas, expresadas en ocasiones a modo
de perífrasis; tres distintos tipos de dislocación de los diptongos
castellanos; varias clases de violento hipérbaton. Pero no hay dos épocas en
Góngora. Podemos afirmar que, en algunas de las más temprana composiciones del
poeta, se halla la mayor parte de las extravagancias cultistas que se encuentran
en las Soledades y semejante dificultad.
Esto no obvia la segunda afirmación de que existen dos
manifestaciones del arte de Góngora, acorde a la tradición renacentista de
clara duplicidad: por una parte, la huida de la realidad y acercamiento a la belleza
como principio absoluto; y por otra, la aproximación a lo humano, a lo
universal y lo particular, a lo fluctuante y lo concreto. Y junto a estas dos
visiones, una tercera, propia del carácter español, que superpone las dos
tendencias, desde La Celestina hasta el Quijote. En Góngora desde 1580, el
primer año en que tenemos testimonio de su producción literaria, hasta 1626,
año anterior a su muerte, en que escribe sus últimas poesías, se da también sin
interrupción ese paralelismo: por un lado, las producciones en que todo es
belleza, virtud, riqueza y esplendor; por otro, la versión más onerosa, las
gracias más chocarreras, las burlas inmisericordes y la fustigación más
inexorable de todas las miserias de la vida.
La verdadera división en la obra de Góngora es
longitudinal y no en dos épocas cronológicas: es engañoso creer que la
dirección ascendente, representada en los poemas mayores, está saturada de
tinieblas; y, en cambio, la descendente (letrillas satíricas, romances y
sonetos humorísticos) exenta de artificio. En una y otra, Góngora sigue el
mismo procedimiento de transformación irreal de la naturaleza. Pero no sólo
Góngora, todo el siglo XVI.
Romances, letrillas
No todos los romances y letrillas son humorísticos,
bastantes de estas composiciones son amorosas o cortesanas, algunas de carácter
religioso. Las letrillas y romances no humorísticos, exiguos en la producción
del poeta, participan del estilo de las composiciones de tono elevado. Los
poemas del llamado romancero morisco de Góngora podrían encajarse entre las
composiciones más cultas del poeta.
Los temas de las letrillas de Góngora, a veces francamente
desvergonzadas, nos remiten a las flaquezas de las mujeres, a las presunciones
y falsedades de los galanes, a la ignorancia de los médicos y al poderío y
ostentaciones de los advenedizos. Góngora nos muestra un concepto pesimista de
la vida, como si en ella no hubiese virtud ni nobleza, sólo egoístas intereses.
El mundo que contemplamos a través de las letrillas de Góngora es sórdido y
desolador. Pero este carácter desesperanzado es propio del universo barroco en
el que también brilla con luz propia el antagonista por excelencia de don Luis,
don Francisco de Quevedo.
La obra de Góngora, como autor de letrillas y romances, es
muy abundante y va desde 1530 hasta el año antes de su muerte.
Según la edición de Millé, 214 composiciones (entre
letrillas y romances) son seguramente suyas. Entre los romances hay que
resaltar la Fábula de Píramo
y Tisbe, un extenso romance en 508 versos, donde el poeta versifica,
inspirado en Ovidio, la trágica historia de estos desdichados amantes. Sin
embargo, Góngora convierte un tema trágico en una narración humorística,
intercalando en el desarrollo del poema elementos ciertamente burdos y hasta
grotescos. Un estilo tan recargado nos incita a pensar que el poeta se burla de
sus propios procedimientos estilísticos, lo que no significa que no fuera de su
complacencia y hasta que, según el extenso comentario de Salazar Mardones
fechado en el siglo XVII, la
tuviera entre sus preferidas.
Pudiera ser que Góngora compusiera sus letrillas y textos
más populares, por contrarrestar la opinión de sus contemporáneos incapaces de
mirar y admirar más allá de sus narices la genialidad del poeta. Atosigado por
las críticas, contra las que luchó denodadamente con las armas que le concedió
la naturaleza, quiso demostrar que su talento no era espectacular edificio de
vocablos o desmesurado vulcanismo léxico de sintaxis ininteligible. Indócil,
inconformista, soberbio de su arte, pasa de la luz a la oscuridad, de lo
popular a lo culto, de lo chocarrero a lo sublime, de lo lesivo a lo religioso,
con la misma férula y el mismo ardor poético.
Sonetos
Góngora emplea idénticas dotes geniales en sus sonetos
satíricos y burlescos. Los primeros conocidos están datados entre 1588 y 1589,
referidos a extremos geográficos: ciudades, ríos, etc., porque cualquier asunto le
servía para expresarse jocosamente bajo la forma rígida del soneto. No podemos
olvidar sus ataques literarios contra Lope, Quevedo, Jáuregui y todos los que
censuraron las Soledades y el Polifemo.
Son sobradamente conocidos los dirigidos contra personas concretas, nombradas
explícitamente o enmascaradas bajo la retórica. Algunos de estos sonetos, a
veces insolentes y malintencionados, no fueron incluidos en el manuscrito
Chacón. Sus límites son imprecisos, y confusa la atribución a Góngora. Millé
incluye en su edición 167 sonetos de segura autoría; pero de los 53 atribuidos,
la mayor parte puede considerarse escrita por el autor.
Según el manuscrito Chacón, los primeros sonetos de
Góngora están fechados en 1532. Se trata de sonetos amorosos con clara
imitación italianizante: el léxico, la suntuosidad, el colorismo, el idealismo
estético, el mundo perfecto que sugieren, proceden de Italia. Pero hasta el
pesimismo, elevado a capital potencia en Góngora, sugiere la influencia de
Bernardo Tasso.
A partir de 1586, coincidiendo con la nueva temática de
Góngora, este impulso italiano cede para dar paso a la gravedad de los sonetos
dedicados a la muerte. La luz se convierte en sombra. La juventud deja paso a
la enfermedad y la zozobra. El cristal luciente se torna fúnebre ceniza. Y en
este estado de decadencia nacen algunos de sus más arrebatados sonetos.
Canciones y otras composiciones de
arte mayor
En 1580, fechamos la primera canción de Góngora. El
italianismo y Herrera marcan indefectiblemente estas canciones, sobre todo las
de inspiración nacional: «De la Armada que fue a Inglaterra» (1588), «En una
fiesta que se hizo en Sevilla a San Hermenegildo», más patriótica que religiosa
(1590), y la «De la toma de Larache» (1612). El italianismo es patente en una
serie de canciones amorosas que compone el poeta alrededor de 1600. A partir de
1605 predominan las canciones cortesanas, dedicadas a reyes y grandes señores.
En octavas reales escribirá: «Al favor que San Ildefonso recibió de Nuestra
Señora» (1615); y «De San Francisco de Borja. Para el certamen poético de las
fiestas de su beatificación» (1624).
Los poemas mayores
El Polifemo,
las Soledades y el Panegírico al
Duque de Lerma son
los tres poemas centrales del gongorismo. Un triángulo con tres vértices: El Polifemo mira hacia la antigüedad grecolatina;
las Soledades, hacia la
belleza natural y la expresión del sentimiento amoroso; el Panegírico corresponde a la poesía
cortesana y suntuaria.
·
Fábula
de Polifemo y Galatea
En 1612, Góngora da por terminada la redacción de su Fábula de Polifemo y Galatea, donde se
narra la trágica pasión del cíclope Polifemo por la ninfa Galatea, enamorada a
su vez del bello pastor Acis. El tema, deudor de la versión que Ovidio
introduce en sus Metamorfosis,
había inspirado a numerosos poetas antiguos y modernos, aunque con Góngora
alcanza una dimensión desconocida.
La fábula, dedicada al Conde de Niebla, nos transmite una
lección moral: Polifemo que podría haber sido redimido por amor llega al
embrutecimiento a causa del desengaño amoroso, perdiendo así la dignidad moral
y humana que, por amor, había ido adquiriendo.
·
Soledades
Dedicado al Duque de Béjar, este poema podría considerarse
la obra central de Góngora y la más característica del gongorismo. Tanto la
Soledad Primera como la Fábula de
Polifemo y Galatea eran
conocidas en 1613. En el mundo literario, unos admiraban el estilo de estos
poemas y otros los criticaban escandalizados. Las Soledades, que iban a ser cuatro, no
pasaron de dos, quedando además inconclusa la Segunda. 1091 versos componen la
Primera; la Segunda quedó interrumpida en el verso 979. La obra, escrita en
silvas, se dividiría en cuatro partes. Pellicer indica que Góngora pretendía
simbolizar las cuatro edades del hombre: juventud, adolescencia, virilidad y
senectud. Díaz de Rivas establece otro concepto organizativo: Soledad de los
campos, Soledad de las riberas, Soledad de las selvas y Soledad del yermo.
Angulo y Pulgar, en sus Epístolas
Satisfactorias, de 1633, copia, fundiéndolas, estas dos opiniones.
Las Soledades nos presentan el relato de un joven
que, desdeñado por la mujer que ama, arriba, náufrago, a la costa, y es acogido
por los pobladores. En definitiva, una alabanza a la vida natural, con el
consiguiente menosprecio de la corte, envuelta en la más exacerbada
demostración de intuición creadora.
·
El
Panegírico al Duque de Lerma
El Panegírico es un poema inconcluso (632 versos, en
79 octavas reales) fechado, según el Manuscrito Chacón, en 1617. Relata la
biografía del Duque (a la que precede una introducción de tres estrofas donde
se invoca a la Musa creadora), primero en lo estrictamente personal y
progresivamente en lo público. Góngora deja de escribirlo en 1609, a raíz de la
caída del Duque. Lo cierto es que los hechos de la política española no eran
temas especialmente proclives a la inspiración del poeta. Aunque la poesía de
Góngora mantiene siempre una digna altura poética, el Panegírico resulta una obra cortesana, desmayada
y fría, donde el poeta vertió su inteligencia pero no su corazón.