Ramón J. Sender Garcés (1901 - 1982)
Pocos escritores como Ramón J. Sender Garcés, nacido en Chalamera de Cinca
(Huesca) el 3 de febrero de 1901, han hecho perdurar tan bellamente en su
memoria y en su obra los lugares de la infancia y de la adolescencia. Como
claves de su sentimentalidad y cifras de su existencia, a veces como enclaves
mágicos, desfilaron por sus libros (señaladamente en Crónica del alba)
los recuerdos natales de Chalamera, los infantiles de Alcolea, Tauste y
Alcañiz, o los juveniles de Zaragoza y Huesca.
Tras esa primera juventud en la que se estrenó como
periodista novel a través de incursiones en la prensa lugareña (La
Crónica de Aragón, El Pueblo…) y aun nacional (en
el fugaz intervalo de su escapada a Madrid: España Nueva, El
País…), el servicio militar (1922) supuso para Sender el descubrimiento del
Marruecos colonial en guerra, reciente todavía el desastre de Annual (1921).
Vivió y dio cuenta de aquel bochorno, símbolo de las miserias de un país
caciquil y atrasado. Las amables crónicas escritas para el periódico oscense La
Tierra dieron paso a la indagación en la radicalidad humana y al testimonio
acerca de la conducta del hombre ante situaciones absurdas y extremas.
De allí surgieron las inquietudes y las vivencias que
lo llevarían de la mano, primero a las colaboraciones en El Telegrama
del Rif y la escritura de Una hoguera en la noche, y años
más tarde a su novela Imán, en 1930, libro que hoy leemos como uno
de los mejores de su tiempo.
Conviene no olvidar que Sender fue,
ante todo, un periodista, un reportero, y como tal adquirió su primera
nombradía. La logró en el principal de los periódicos de la época, El
Sol, fundado en Madrid en noviembre de 1917, y a cuya redacción se sumó en
1924. Desde la capital española ejerció de redactor de notas regionales y de
crónicas tan sugestivas como las que hubo de enviar acerca del llamado «crimen
de Cuenca», serie que, años después, proporcionaría la trama principal de su
novela El lugar del hombre (1939), luego titulada El
lugar de un hombre (1958).
Y, a la vez, Sender se aproximó a los
círculos intelectuales y políticos enemigos de la dictadura de Miguel Primo de
Rivera. En el Ateneo, en las numerosas tertulias de Madrid, conoció y fue
conocido de todo el mundo. E incluso visitó la cárcel como conspirador contra
el régimen.
En esta sazón el joven Sender se
inclinó por los libertarios y abandonó El Sol para
escribir en el diario cenetista Solidaridad
Obrera, de Barcelona.
El éxito de Imán le
puso a la cabeza de la nueva «novela social» y durante el primer lustro de la
década se sucedieron libros tan importantes como O.P. (1931), Siete domingos rojos (1932) y La
noche de las cien cabezas (1934).
En enero de 1933, enviado por el periódico La Libertad,
escribe un excelente reportaje acerca de la sangrienta represión policial de la
insurrección campesina de Casas Viejas. Recoge sus trabajos en Casas Viejas (1933) y Viaje a la aldea
del crimen (1934).
Pero también por
entonces se acerca a las posiciones políticas comunistas, convencido de la
eficacia revolucionaria soviética. Entre el jalón inicial de Imán y
la publicación de Mr. Witt en el Cantón (1936), galardonada
con el Premio Nacional de Literatura y escrita en apenas un mes, Sender se ha
convertido en un ejemplo de «escritor comprometido» y en el autor joven de más
porvenir en España, junto con García Lorca, tal como declaró, por el aquel
entonces de 1936, Pío Baroja.
Sin embargo, en el verano de 1936 toda España se
convirtió en una gran «aldea del crimen». Estalló la guerra civil y Sender
ofició de protagonista, no solo de testigo, en esta tragedia nacional. En
escasos meses perdió a su mujer, Amparo Barayón, y a su hermano Manuel, antiguo
alcalde de Huesca, fusilados ambos por los rebeldes. Escribió por entonces
obras de urgencia, como Contraataque (1938), pero también se sintió
solo, fugitivo y superviviente, frente al acoso de algunos jerarcas comunistas
que recelaban de él. Participó, pese a todo, en muchos actos de propaganda
republicana, logró recuperar y evacuar a sus dos hijos, Ramón y Andrea, y tras
un tiempo en Francia, decidió expatriarse a América.
Comenzaba un largo
exilio en el que la soledad, la culpa y la conciencia de ser acusado de algo
que ignoraba convirtieron a Sender en Federico Saila, el enigmático
protagonista de Proverbio de la muerte (1939), que más
adelante se titularía La esfera (1947) en una nueva versión
ampliada. La distancia, la necesidad de la memoria, la reflexión sobre el
pasado cercano, la obsesión por la violencia, propiciaron la invención de
novelas fundamentales en la literatura española del siglo XX: Epitalamio
del prieto Trinidad (1942),Crónica del alba (1942), El
rey y la reina (1949), El verdugo afable (1952),Réquiem
por un campesino español (el Mosén Millán de 1953 y
la versión retitulada en 1960)… Fue español de ambos mundos, el americano de
cada día y el español de su recuerdo.
Sobrevivía como profesor de literatura
española al tiempo que maquinaba sus peculiares figuraciones acerca del sentido
de la «hombría», de la fuerza de «lo ganglionar» o de la «existencia
trascendente», lo que iba tomando la forma de relatos, novelas históricas,
relatos cortos, dramas, poemas, ensayos… casi siempre de designio parabólico y
universal. Tal es así que Sender es de los autores españoles más propicios para
la traducción a otras lenguas del mundo.
En el decenio de los setenta, cuando por fin se
publicaban en España (desde 1965) unos libros que fatigaron las prensas en
multitud de reediciones, retornó del exilio en dos oportunidades (1974 y 1976).
Moriría, sin embargo, en San Diego, California, durante la noche del 15 al 16 de enero de 1982. Sus cenizas fueron dispersadas, unos días después, en el
océano Pacífico. Quedan sus libros, una obra extensa con inigualables chispazos
intensos, que han convertido a Sender en un clásico de la literatura española
del siglo XX.




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